Marcos Riquelme, profesor de Biología del Colegio Santiago de Pudahuel

“Impulsar el amor por la ciencia desde un colegio de Pudahuel, me  enorgullece profundamente”

Hace 15 años que Marcos Riquelme es profesor de Biología del Colegio Santiago de Pudahuel, donde cultiva la curiosidad científica en estudiantes que hoy sueñan con aportar al desarrollo del país desde esta área. La Academia de Biotecnología que formó al alero del establecimiento, hoy desarrolla distintas investigaciones, entre las que destaca una que podría contribuir a mitigar la contaminación causada por el plástico gracias a la acción de los gusanos de la cera.

Los gusanos de la cera son insectos lepidópteros que, por lo general, no sobrepasan los tres centímetros de longitud en su fase larvaria. Aunque reciben el nombre científico de Gallelia Mellonella, en todo el mundo se les conoce de otra forma por su naturaleza y alimentación: viven y se reproducen en las colmenas de las abejas melíferas, alimentándose de la miel y la cera. Hasta hace poco, sólo eran considerados plagas y punzantes dolores de cabeza para la apicultura. Hoy la comunidad científica sabe, casi por accidente, que estos insectos también son capaces de degradar el plástico.

Cómo lo hacen y por qué son algunas de las interrogantes que tratan de responder los alumnos del Colegio Santiago de Pudahuel, guiados por Marcos Riquelme, profesor de Biología del establecimiento desde hace 15 años. Se trata de una investigación y experimentación especialmente prometedora, que podría contribuir a mitigar la contaminación causada por el plástico: según ONU Medio Ambiente, todos los años se vierten al océano alrededor de 13 millones de toneladas de este material, lo que equivale a vaciar el contenido de un camión de basura cada minuto.

En este colegio, que forma parte de la Red Educacional Crecemos, el proyecto con los gusanos partió hace tres años y responde a dos hitos. El primero ocurrió tras visitar una feria científica en el Museo de Historia Natural: ahí, al profesor se le ocurrió crear una Academia de Biotecnología para buscar soluciones a problemas científicos, desde el punto de vista genético y biotecnológico. El colegio lo apoyó y actualmente la iniciativa recibe en promedio 30 alumnos de distintos cursos, la mayoría desde octavo hasta cuarto medio.

El segundo hito se produjo a raíz de la necesidad de contar con una línea de investigación para partir: Riquelme sabía de la existencia de Federica Bertocchini, una bióloga molecular del Instituto de Biomedicina y Biotecnología de Cantabria aficionada a la apicultura que un día, al limpiar sus colmenas llenas de gusanos de cera, al ponerlas en bolsas de plástico notó que algunos agujeros empezaban a aparecer. Fue el primer indicio de una investigación que más tarde publicaría en la revista Current Biology.

A Riquelme le pareció que el hallazgo de Bertocchini podía, a su vez, ser una de las guías para trabajar en el aula con sus alumnos.

“Con la Academia (…) hemos logrado cosas que antes no ocurrían: muchos alumnos han descubierto que tienen habilidad y vocación científica y han orientado sus decisiones universitarias inspirados por la experiencia que tuvieron acá”

Los primeros logros

Bárbara Guerrero y Ángela Mardones, alumnas de cuarto medio, tomaron las riendas del proyecto que ya heredaron a otra generación.

“Partimos corroborando si el gusano existía en Chile y, efectivamente, supimos que vivía en colmenas de la Región del Biobío. Hicimos un convenio con apicultores de la zona y logramos traer al colegio un grupo de 80 gusanitos para iniciar la segunda fase: comprobar la degradación del plástico”, cuenta el profesor, que atesora en su memoria las caras de asombro de los estudiantes al hacer el primer experimento.

“Para ellos fue una gran sorpresa. La literatura científica que existía hasta ese momento indicaba que podía ser un proceso más largo para empezar a ver resultados, quizás un par de días. Pero al cabo de unos 30 minutos ya se observaba el trabajo del gusano degradando las láminas de plástico. Fue un momento muy impresionante para ellos y muy especial para mí”, recuerda.

Cuando comprobaron lo que proponía aquella científica italiana, profesor y alumnas decidieron dar un paso más, tras preguntarse qué característica del gusano permitía que hiciera esa degradación. Descubrieron algo importante: la bacteria Streptococcus Gram, que vive en su intestino y que es la enzima digestiva responsable del proceso.

A partir de ahí se les abrió una gran ventana de visibilidad: en diciembre pasado, justo cuando iniciaba la COP 25 en Madrid, el equipo viajó a Salamanca a participar del Encuentro de Jóvenes Investigadores que vincula a escolares, universitarios y profesionales que investigan en las aulas o fuera de ellas, en España y en todo el mundo. La exposición de diez minutos y de otros cinco para que el público hiciera preguntas a las chicas, fue una oportunidad muy valiosa, reconoce Riquelme.

“Cuando salieron al escenario, es posible que yo haya estado más nervioso que ellas. Pero lo hicieron increíble y con mucha seguridad, porque este proyecto es suyo y lo conocen bien. Hasta logramos que lo publiquen en una revista indexada”, cuenta.

En esa línea, no descarta la posibilidad de seguir creciendo. “Nos gustaría asociarnos con alguna universidad, por ejemplo, para aplicar técnicas más específicas de biología molecular y poder llevar esta investigación a una escala mayor”, dice el docente líder de esta academia en la que también investigan sobre otros fenómenos.

“Nos gustaría asociarnos con alguna universidad, por ejemplo, para aplicar técnicas más específicas de biología molecular y poder llevar esta investigación a una escala mayor”

Chile cuenta actualmente con cerca de 10 mil investigadores, una cifra aún lejos de los 70 mil que debiera tener para estar en el promedio de la OCDE. Riquelme sabe que su trabajo es abono para este terreno, que en el futuro puede ser fértil y muy determinante para el desarrollo de Chile.

El futuro del proyecto

 

Antes de culminar el colegio, Ángela y Bárbara pasaron el proyecto a otros alumnos para que continuaran con el estudio de los gusanos. “Los instruyeron en las técnicas y se fueron muy confiadas de todo lo que lograron con esto, que ahora es una línea de investigación propia del colegio”, relata Riquelme.

A principios de enero, ambas rindieron la PSU y mucho antes de dar la prueba, ya tenían una idea bastante clara de cómo quieren que luzca su futuro académico. Ángela quiere estudiar biotecnología y a Bárbara le gustaría combinar el área científica con un rol social, a través de la obstetricia.

“Con la Academia y la visión que tiene el colegio de impulsar el desarrollo de la ciencia en sus aulas hemos logrado cosas que antes no ocurrían: muchos alumnos han descubierto que tienen habilidad y vocación científica y han orientado sus decisiones universitarias inspirados por la experiencia que tuvieron acá”, asegura Riquelme.

Chile cuenta actualmente con cerca de 10 mil investigadores, cifra muy por encima de los cinco mil que tenía hace una década pero aún lejos de los 70 mil con los que debería contar para estar en el promedio de la OCDE. Riquelme sabe que su trabajo es abono para este terreno, que en el futuro puede ser fértil y muy determinante para el desarrollo del país.

“Impulsar la enseñanza y el amor por la ciencia desde un colegio en una comuna como Pudahuel, me enorgullece profundamente”, reconoce.